Estarse quieto es parte del trabajo
Buscar una fuga es sobre todo no moverse. Parar en mitad de la calzada, esperar a que la ciudad termine de callarse, andar veinte metros y volver a parar. El cuerpo se enfría deprisa cuando lleva un rato quieto al raso —el desierto pierde el calor en cuanto se pone el sol— y en un turno de noche eso se arregla con ropa. El terreno del gato de las arenas va de los -25 °C de una noche de enero a los 50 o 58 °C que llega a marcar el suelo en pleno verano, y el animal aguanta las dos puntas del año.







