Lo primero que ves son las orejas
Grandes, anchas, plantadas muy abajo en el cráneo y con el interior rosado. Detrás de ese diseño hay una rareza anatómica: el gato de las arenas tiene las bullas timpánicas —las cámaras óseas del oído— proporcionalmente mayores que las de cualquier otro felino, y con ese equipo localiza a un roedor que se mueve varios centímetros bajo la arena sin llegar a verlo. Eso no se oye desde una pared, claro. Lo que queda a la vista es la cara ancha, las mejillas blancas, los ojos verde pálido y las barbas largas.







