Antes de que suelte la escarcha
A las siete y diez de una mañana de enero, en un lindero del interior de Gales, Olwen ya lleva una hora trabajando a oscuras. Es una liebre europea con las manos desnudas sobre una rama de avellano, y lo que va a hacer con esa rama decide si el seto vive treinta años más o se muere este invierno.
El corte va abajo, cerca del pie, inclinado. No atraviesa del todo: deja una lengüeta de madera viva, del grosor de un pulgar, y por ahí seguirá subiendo la savia cuando el tronco esté doblado casi hasta el suelo. Después lo teje con el de al lado, clava una estaca de avellano, remata el trenzado de arriba. El seto queda bajo, espeso, feo durante un año entero. Luego brota con una fuerza que antes no tenía.
Trabaja sin guantes. Lo intentó con ellos (dos inviernos, tres pares distintos) y acabaron todos en la guantera: dice que necesita sentir dónde parte la rama. A esta hora el frío seco huele a savia y a tierra escarchada, y lo único que suena es el podón y, de tanto en tanto, un mirlo que protesta.
Hay que parar a media mañana. Cuando la escarcha suelta, la rama engaña.