Antes de hacer nada, mirar
Todavía es de noche cuando Dolma ya está subida al cedro grande, envuelta en una manta que le llega hasta la nariz, mirando cómo la niebla empieza a levantarse del bosque. No espera nada concreto. Espera ver: quién se mueve abajo, qué rama amaneció partida, por dónde pasó algo esta noche. Desde arriba se le ordena el mundo. Abajo, dice ella, no se ve nada.
Tiene doce años y vive en las colinas de Darjeeling, en el Himalaya, donde el bosque nuboso se toca con los jardines de té y las aldeas se reparten por la ladera sin apiñarse. Su casa es una de esas, sobre el té, con una parcela de bambú detrás y un árbol al que ella se sube como quien entra en su cuarto. La aldea entera pasa por debajo cada mañana y nadie mira hacia arriba. Ella sí mira hacia abajo, y ve lo que a los demás se les escapa.
No es una niña tímida, aunque lo parezca. Es que ha aprendido que casi todo se resuelve mejor mirando primero. Baja despacio, cuando ya lo ha visto entero, y entonces hace. Nunca al revés.