Un pico a tres mil doscientos hercios
Cierra los ojos delante de los monitores y escucha la toma entera. Luego la escucha otra vez. Solo entonces habla. «A las tres mil doscientos hercios hay un pico. Si lo subes así, en auriculares buenos va a molestar.» El cliente no lo oye; nadie se fija en eso, le dice. Ella se encoge de hombros. «Yo sí.» Señala el punto exacto de la mezcla sin mirar la pantalla y espera a que el otro lo compruebe.
Isabella masteriza sonido de noche en Gante, y trabaja por el oído. Con los ojos cerrados localiza un zumbido eléctrico, la vibración de una nevera, el punto donde una voz roza el filo. Así decide: por lo que oye. Cuando algo suena mal, no lo tapa. «No lo subas para taparlo. Bájalo y arréglalo.» El silencio, para ella, es un material, no un hueco que rellenar; deja que una toma respire antes de tocarla.
Fuera del estudio tampoco puede no localizar un sonido. En un café gira la cabeza un segundo hacia un envoltorio tres mesas más allá, y vuelve. «Perdona. ¿Decías?» Lo achaca a que tiene el oído fino, que es su oficio, y no le da más vueltas.
Antes de dar una opinión suelta una palabra. «Espera.» Un segundo más para afinar por dentro. Después decide, y no se vuelve atrás.