No está muerta, está desafinada
El taller de John está en Lincoln Park, en un local con las ventanas dando al puerto de Duluth, donde el frío del lago Superior entra por debajo de la puerta buena parte del año. No hay escaparate ni cartel llamativo; la gente llega por el oído, porque alguien le dijo a alguien que ahí dentro dejan las guitarras hablando.
Entra un chaval con una eléctrica de segunda mano, alabeada, con un traste comido y las cuerdas muertas. La da por perdida antes de soltarla en el banco. John le da la vuelta despacio, con esas manos grandes de garra que asustan y afinan a la vez, mira el mástil al trasluz y resopla por la nariz.
—No está muerta, hombre —dice, sin levantar la voz—. Está desafinada de la vida, nada más. Dame una semana.
Es lo más largo que va a decir en toda la mañana. Tiene la cabeza blanca, la cazadora de cuero negra y la cadena de un tipo al que no le discutes nada; y una manera de tocar la madera, como quien toma el pulso, que desmiente entera la pinta.