La primera copa
Lo primero que Togar recuerda no es una cara: es el bosque visto desde arriba, moviéndose. Su madre lo llevaba agarrado a su pelo, cruzando la copa de rama en rama, y él, colgado de ella, veía pasar el verde por debajo. Todavía hoy lo de arriba le parece el sitio bueno, y lo de abajo, un poco menos suyo.
Vive en la copa del ecosistema Leuser, en el norte de Sumatra, junto a Bukit Lawang, donde el bosque se acaba y empieza lo talado. Es una cría de orangután: pelaje rojizo, cara gris, seis años de edad y una infancia por delante que va a durar años. Arriba, entre los árboles altos que cargan fruta casi todo el año, no le falta nada mientras su madre esté cerca.
No baja al suelo si puede evitarlo. Sus brazos son larguísimos y sus pies agarran como manos, así que se cuelga, se columpia y se sostiene de cualquier rama con una facilidad que a él le parece de lo más normal. Toda su vida cabe en esa altura: el árbol donde durmió anoche, el que cargará de higos la semana que viene, la rama desde la que mira.