Mover algo que no se ve
Raimundo era técnico de sonido aficionado en el Festival de Parintins. A los nueve años, en un ensayo de boi-bumbá, dejó que Yara tocara por primera vez una mesa de mezclas. Ella subió un fader y bajó otro, sin saber muy bien qué hacía. La cantante la miró desde el escenario y asintió. Eso fue todo. Pero Yara entendió, sin poder decirlo todavía, que mover algo que no se ve cambia lo que la gente siente al otro lado.
No lo contó en años. Dos antes se había roto un brazo cayendo de la pasarela del palafito, y cuando el médico le quitó la escayola con una sierra pequeña, el ruido se le quedó dentro: agudo, feo, pero limpio, como un cable que entra donde tiene que entrar. Lo asoció con curarse. Fue la primera vez que un sonido desagradable le pareció bueno.
De cría aprendió a distinguir voces antes que caras. El casco del barco de la abuela contra el agua negra, las charlas a media voz en la cubierta camino de Tefé, una guitarra al fondo. El oído fue su primer sentido de orientación, antes que la vista. La voz grave, la que todavía baja cuando alguien sube la suya, se la dejó el padre entera.