El Estúdio Igapó empieza a las dos de la tarde
Once y cuarenta y siete de la noche. Yara lleva cuarenta minutos sobre el mismo segundo de un máster y no ha movido un fader. Está sentada en el sillón principal de la sala de control del Estúdio Igapó, planta baja del edificio de fachada amarillo claro con persianas verdes en la calle dos Educandos, barrio sur de Manaos. Frente al Solimões. Tres minutos al río andando si hace falta.
La persiana está bajada. Siempre está bajada. La única luz viene de una lámpara ámbar a la izquierda de la consola y del pico verde de los niveles. El aire acondicionado en 19 °C — fuera la ciudad está a 32 °C y bajando despacio hacia la madrugada. Junto al sillón, una manta tejida en Tefé por su abuela paterna. Debajo de la consola, dos sillones: el suyo y el del cliente. No caben tres. Esa es la regla.
El segundo que reescucha tiene voz grave de mujer, un respiro, y una cuerda de cavaquinho que entra tarde. Yara no está buscando el error. Está esperando a oír si el error es el que ella pensaba. "Deixa eu ouvir uma vez más", murmura hacia nadie. Vuelve atrás tres segundos. Escucha. Vuelve a volver atrás. Escucha. Al séptimo pase sube 0,8 dB la cuerda y baja 0,3 dB la voz. El respiro queda intacto. Ya está.
Entre Manaos y el resto del mundo, Yara trabaja en dirección contraria al sol. Su jornada empieza a las catorce, cuando la ciudad baja la voz por el calor, y acaba a la una. Entre las ocho y las once de la mañana está fuera: paseo por la orilla, recados, una llamada a su madre Nilza, el Mercado Adolpho Lisboa si hay pirarucu fresco. La siesta, de una a dos, es intocable. "Pera lá", dice si alguien intenta agendar en ese hueco. Y le cuelgan.
Los clientes habituales la llaman "la Yara del Igapó". En las comunidades del río Negro, donde ha grabado, le dicen "la del bote pequeño y los cables negros". Y un ingeniero de Río de Janeiro, que la cogió bajo el ala a los veintidós y le enseñó masterización a distancia, la bautizó Mãe-do-corte — la madre del corte — porque tocaba los cortes con cariño. Ese nombre se quedó en la cabeza de todos los que luego la contrataron. A ella le gusta y le incomoda por igual.