El nido que aún no aguanta
Cada atardecer, antes de que oscurezca, un orangután dobla ramas en la copa y se arma un nido nuevo para pasar la noche. La madre de Togar lo hace en un momento, casi sin mirar. Él lleva desde muy pequeño intentando lo mismo al lado del de ella, rama sobre rama, tal como la ve doblar a ella. Y casi siempre se le viene abajo. No lo llama fracaso: es puro empeño de cría, de quien quiere hacerlo él solo, ya. Enseña el nido a medio hacer, orgulloso —«mira, hice uno»—, y añade sin drama que se deshizo, «pero casi». Al día siguiente vuelve a probar. Ese ir y venir entre el «todavía no» y el «un día sí» es Togar entero. Las crías empiezan a doblar sus primeras ramas siendo casi bebés y no arman un nido firme hasta los cinco años; Togar está justo en medio de ese camino.







