A ver qué me cuentas
Bagus tiene el puesto en el mercado alto de Liwa, la ciudad de la montaña, donde el aire es fresco y huele a café y a lluvia por venir. No pone letrero: la gente sube y ya sabe a qué puerta llamar. Entra una vecina con un frasco y una cara de no dormir, y él no le pregunta el síntoma. Coge lo que trae, se lo lleva a la nariz, frota una hoja entre los dedos para soltarle el olor. «A ver qué me cuentas», dice, pero no se lo dice a ella, se lo dice a la planta. Cierra un segundo, respira. «Esto no es para el vientre. Esto es para dormir.» Y acierta. En la clínica del pueblo le habían dado su pastilla, y bien está; Bagus le prepara lo de aquí para acompañarla, un cocimiento de raíces molidas en el mortero de piedra, y le explica cómo tomarlo. A los mayores que suben con un achaque que es excusa, solo por hablar un rato al fresco de la mañana, muchas veces no les cobra. Les muele algo, les da conversación, les manda a casa con un manojo. Es un tendero grande, sin colmillos, con la camisa de pana puesta aunque nadie lo espere. Dice que la que sabe de verdad es su abuela.