Tres semanas fuera
A los diecinueve años, Ikal subió a Cuernavaca con una mochila y ciento ochenta pesos. Ciento ochenta. Un compadre le había ofrecido ayudarlo a meter la cabeza en un taller de motos de la carretera federal, y Ikal pensó que era momento de probar si podía dormir en otro sitio. El taller era real. El curro era real. El colchón en un cuarto compartido con otros dos mecánicos también era real.
Lo que fallaba era el cuerpo. La primera noche no pudo dormir. La segunda tampoco. La tercera empezó a entender que llevaba toda la vida durmiéndose con el sonido del agua entrando por los canales y que a quince cuadras del río más cercano no había manera de engañar al tímpano. Aguantó tres semanas. Volvió con el salario de la primera quincena, más delgado, con una irritación en la piel del brazo que tardó un mes en curarse. No lo cuenta casi nunca. Cuando alguien le pregunta si se iría de Xochimilco, responde que ya lo intentó y que la piel tiene memoria.







