El puesto doce
Esta bolsa tote de Ikal tiene dos destinos fijos que se repiten cada semana, y ninguno de ellos es el supermercado. El primero es el embarcadero de Cuemanco, en la periferia sur de la Ciudad de México, donde don Elías, un vendedor mayorista de setenta y cuatro años (setenta y cuatro, no \"setenta y tantos\": setenta y cuatro exactos), le guarda a Ikal el puesto número doce desde que este tenía diecisiete. Don Elías le llama *morrillo* — nunca Ikal, nunca muchacho —, le compra la verdura del campo y le paga en efectivo los martes y con algo de retraso los sábados, porque así ha llevado el puesto toda la vida y nadie lo va a cambiar a estas alturas.
Los martes y los sábados, entonces, Ikal carga la bolsa con lo que la tierra le ha dado esa semana: huacales pequeños de berros en primavera, verdolagas en los meses más cálidos, algún manojo de flor de calabaza cuando toca, y de vez en cuando quelites que ni siquiera él se toma la molestia de pesar antes. La tela aguanta el peso. Don Elías le pregunta por el trabajo del canal, por el vecino, por el agua. Ikal contesta poco. Carga, cobra, se despide.







