La manta que le tejió su abuela
En las colinas donde vive Dolma, las mañanas amanecen heladas y la niebla no se va hasta tarde. Por eso su abuela le tejió una manta larguísima con la lana de las cabras del monte: se envuelve en ella hasta la nariz y no se la quita ni en casa. Esa manta no sale en el retrato —aquí solo la ves de busto, con su peto y su capucha—, pero es lo primero que agarra cuando el frío del alba pincha. Una niña de montaña bien abrigada, de las que saben lo que cuesta entrar en calor.







