Sombras y luz: cómo la sombra de Jung aparece en mi obra.
Una reflexión personal sobre la sombra junguiana y cómo aparece en mi proceso creativo sin buscarla. Hablo de dualidad, autismo, imaginación y el papel del arte como espejo.
Entre la curiosidad y lo que escondemos
¿Alguna vez te has sorprendido pensando: «Esto que siento, no lo puedo mostrar»? Con «esto» me refiero a esa corriente profunda que a veces aflora en nuestros gestos o silencios. A mí me pasa a menudo. Antes no tenía del todo claro de dónde venía esa tensión interna —entre lo que enseño y lo que prefiero guardar oculto—. Con el tiempo, y tras un diagnóstico tardío de autismo, empecé a unir los puntos y me di cuenta de que mi forma de percibir el mundo, a veces tan intensa y peculiar, tiene mucho que ver con notar detalles que la mayoría de la gente pasa por alto… incluidos los que Carl Gustav Jung llamó la sombra.
No quiero decir que piense deliberadamente «voy a representar la sombra en mis obras». Al contrario, mi proceso creativo suele ser explosivo y nada planificado: experimento, pruebo cosas, y de pronto surge algo que me recuerda a ese contraste entre lo agradable y lo inquietante, lo tierno y lo perturbador. Me pasa una y otra vez: sin darme cuenta, la dualidad que Jung asociaba con ese «otro lado» de nosotros mismos sale a la superficie.
La sombra según Jung: espacio oculto, expresión inevitable
Desde la perspectiva de la psicología analítica, Carl Gustav Jung describió la sombra como el arquetipo que alberga rasgos, impulsos y deseos que nuestro yo (la parte consciente) preferiría ignorar o reprimir. Esto no significa necesariamente que sea «malo»: simplemente reúne lo que no encaja con la imagen que proyectamos de nosotros mismos. Naturalmente, cuando alguien menciona «la sombra», pensamos en oscuridad o negatividad. Pero Jung insistía en que también contiene energía creativa, que, si se integra, puede ayudarnos a crecer.
En mi propio trabajo no suelo buscar intencionalmente la sombra. Para mí, crear imágenes —ya sean fotografías, collages o retratos— es más una necesidad catártica, un impulso por volcar ideas sin mucha reflexión previa. Solo después, cuando las miro con distancia, noto que transmiten algo que no puedo expresar con palabras: cierta inquietud o ambigüedad. A menudo, incluso un personaje aparentemente amable o fantástico se ve atravesado por una señal tenue que dice: «Aquí hay algo que no acaba de encajar».
El arte moderno y su coqueteo constante con la oscuridad
Una fascinación universal, hoy más libre que nunca
La historia del arte está llena de ejemplos de nuestra fascinación por el lado oscuro. Sin embargo, en el arte moderno esa libertad creativa alcanza otro nivel. Muchos artistas empiezan a explorar sus propios conflictos interiores, su relación con lo inconsciente, y lo muestran sin reservas: obras que abordan temas tabú, revelan tensiones psíquicas o distorsionan la realidad de forma irreverente. Cada uno lo hace a su manera, pero todos comparten la idea de que hay algo más allá de la superficie que el arte puede sacar a la luz.
Para algunos es un acto político o social; para otros, un exorcismo personal. En mi caso, no sigo un plan premeditado sobre qué quiero criticar o denunciar. Diría que mi exploración de la sombra ocurre a espaldas de mis propias intenciones. Simplemente me gusta combinar una atmósfera agradable con un pequeño detalle que la altera. ¿Por qué? Porque eso es lo que emerge cuando me dejo llevar.
Si lo pienso, quizá haya una razón: mi incomodidad con «lo distinto» o «lo marginado». Me hubiera gustado fotografiar a personas «como yo», que se sintieran fuera de lugar o vivieran en los márgenes, pero no conseguía acercarme lo suficiente en la vida real. Acabé sustituyendo ese deseo recreándolas a través de la fantasía: imaginando personajes que habitan zonas nebulosas e híbridas, donde la dulzura puede transformarse de un momento a otro en algo inquietante.
Una mirada personal: TEA y percepción de la sombra
Vivir el mundo a mi manera, con intensidad
Desde que recibí mi diagnóstico de TEA en la edad adulta, entendí por qué las interacciones sociales a veces me desconcertaban y, al mismo tiempo, por qué me perseguían ciertos detalles visuales o emocionales. Es como si mi radar interno captara todo lo que los demás pasan por alto: un gesto, un color, una luz fuera de lugar. Esa observación constante, unida a la dificultad para expresar algunos aspectos emocionales, se filtra en mi obra. No es algo planeado, sino el resultado de cómo experimento la realidad.
Cuando creo, no pienso «voy a resaltar mi lado oscuro» o «voy a enfatizar este contraste». De repente, aparece la imagen, y al verla pienso: «Ahí está otra vez». Quizá la sombra sea mi manera de mostrar lo que no puedo decir en voz alta: el misterio de mis propias contradicciones, mi fascinación por lo extraño, o la incomodidad que me provoca lo excesivamente perfecto.
La sombra como reflejo, no como pose
Por eso a veces la gente me comenta: «¿Por qué son tan raros tus retratos? ¿Intentas provocar?». Y la verdad es que no, al menos no conscientemente. Simplemente pasa. Diría que la sombra se cuela porque mi mente no filtra esas tensiones internas. Donde otro ve una simple sonrisa, yo percibo una corriente subterránea. Donde alguien ve calma, yo noto una leve inquietud. Sin planearlo, acaba apareciendo en la obra, y con el tiempo la he llevado cada vez más lejos.
La intencionalidad (o falta de ella) en mi proceso creativo
Caos y prototipos inacabados
Es cierto que en el arte moderno muchas obras presentan un discurso elaborado, una postura del creador ante ciertos temas. Pero yo soy más caótico. Tengo cientos de proyectos en el disco duro que nunca terminé: simples intentos o experimentos. Y en todo ese aparente desorden, de pronto florece algo que me cautiva. Lo trabajo un rato, me canso y paso a otra cosa. No creo en la perfección ni en mantener obsesivamente un único estilo.
Esto no significa que mis obras carezcan de identidad, sino que se vuelve más clara cuando las veo en conjunto, no por separado. Cuando las miro así, noto la aparición constante de la dualidad, de esa «sombra» que emerge sin invitación. Mi mente salta a lo siguiente y a lo siguiente, pero quedan las huellas de ese crepúsculo simbólico, dejando un rastro.
No estoy aquí para moralizar ni para dramatizar
Conozco creadores que se sumergen en la sombra con un aura casi mística, describiéndola como la fuente de su angustia existencial o su epopeya personal. En mi caso soy más pragmático: ni la glorifico ni la juzgo; simplemente convivo con ella. A veces me alegra ver una obra que despierta una emoción que no sé explicar; otras me pregunto: «¿Por qué ese cuadro que a todo el mundo le encanta me deja tan indiferente?». Al final, ese contraste me parece honesto, porque muestra que no estamos hechos de una sola capa.
La frontera entre realidad y fantasía: representar lo marginal desde la imaginación
Seres que no encontré en la calle sino en mis bocetos
Antes mencionaba que mi incapacidad de fotografiar directamente a personas marginadas me empujó a crear otros seres en mi cabeza: figuras que encarnan «lo otro» sin tener que confrontarlo literalmente. Ese giro hacia lo imaginario acabó dando a mis obras un toque híbrido, casi como si pintara criaturas que podrían existir, aunque no del todo. Ahí es donde la sombra encuentra su sitio para mí: un espacio que no es ni realidad pura ni fantasía de postal.
A veces me dicen que mis obras bordean ese «valle inquietante», pareciendo cercanas a algo humano (o animal, si hablamos de personajes zoomórficos) pero con una extrañeza que incomoda. No es que me ponga a pensar «quiero inquietar al espectador». Simplemente ocurre, y creo que es el residuo de lo que no puedo mostrar directamente en la realidad, unido a mi manera de mezclar ternura con una pizca de ironía sombría.
La dualidad como lenguaje personal
En el fondo, creo que esa dualidad entre luz y sombra define mi forma de interpretar lo que me rodea. Una mirada crítica podría decir: «Tu obra no es uniforme: a veces es kitsch, a veces oscura, a veces luminosa, a veces dispersa». Y tendría razón. Pero es precisamente en esa falta de uniformidad donde reside la sinceridad de mi proceso: la sombra aparece tanto en una pieza colorida y limpia como en una oscura y nebulosa. Como no me guía un marco conceptual rígido, la dejo emerger como quiera.
El arte, la sombra y el contorno de una reflexión
La sombra no pide permiso: emerge
Volviendo a Jung, decía que la sombra es tanto personal como colectiva. No veo mi arte como una gran declaración social ni un manifiesto sobre mi vida interior. Es más bien un mapa (caótico) de mis pruebas creativas. La sombra está ahí, no porque la busque, sino porque es parte de mí: mi sensibilidad amplificada y mis dificultades para comunicarme. Creo que muchos artistas contemporáneos han experimentado algo parecido, quizá sin darse cuenta: la obra dice lo que no decimos, nos guste o no.
Y así, al observar el trabajo de distintos creadores, notamos que a veces comparten esa aura de inquietud. Es la sombra abriéndose paso en un mural, una performance o un collage. Algunos lo hacen conscientemente, con guiños directos a la teoría de Jung; otros dejan que ocurra por azar. En cualquier caso, la sombra emerge cada vez que se diluye la frontera con lo desconocido.
TEA, hiperobservación y vínculo con lo marginal
Quizá mi costumbre de mirarlo todo —y de fijarme en los márgenes— venga de mi condición autista. Antes lo veía como un problema, porque me costaba seguir los caminos lineales que siguen los demás. Ahora lo entiendo como una especie de ventaja sensorial: al filtrar menos, percibo detalles que otros no ven, y en esos detalles habita la sombra. Creo que esa capacidad para detectar matices peculiares me da una ventana natural hacia ese «lado B» de la imagen. Y quizá por eso mis retratos, aunque lejos de ser perfectos o calculados, siempre me transmiten esa sensación aguda de «algo más».
Reflexiones finales: cuando no hay intención, pero el resultado resuena
Si hay algo que quiero dejar claro, es que mi relación con la sombra no nace de un plan intelectual. Quizá eso sea lo más valioso (y lo más caótico) de mi proceso creativo: no me fijo metas estilísticas o temáticas; actúo por impulso y luego descubro las huellas que he dejado. Y entre esas huellas, la sombra siempre está, como evidencia de mi propia complejidad interna y de mis dificultades para expresarme.
El arte moderno, con su libertad y sus infinitas ramificaciones, me ofrece el contexto perfecto para que estas piezas existan. No necesito justificar mezclar colores neón con un tono oscuro, o motivos dulces con un toque de distorsión. Tampoco necesito forzar un «mensaje político» si no lo siento. Cada obra es lo que es y conecta con cada espectador según su propia sombra. Al fin y al cabo, el poder de la creación también reside en lo que despierta en los demás.
A veces siento que, sin querer, invito a las personas a confrontar su propia dualidad: «¿Esto es adorable o inquietante? ¿Por qué ese detalle te incomoda?». Y me gusta pensar que ese es el regalo inconsciente de dejar que la sombra se cuele en mis imágenes. Cuando ni la fuerzas ni la niegas, simplemente fluye, y cada uno la recibe según su propia oscuridad y su propia luz.
Fuentes o referencias
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Jung, C. G. (2025). Aion: contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Trotta.
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Jung, C. G. (2025). La dinámica de lo inconsciente. Trotta.
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García, S. (2024). El arte como vehículo de transformación psíquica: una exploración de los arquetipos y símbolos en la Psicología Analítica de Carl Gustav Jung. (Tesis doctoral, DMC).
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Hernández-Mella, R., D’Meza-Pérez, P., et al. (2020). El arte y su poder transformador. Inconsciente, emociones y creación según la perspectiva junguiana. Ciencia y Sociedad, 45(1), 25-34.