Está buena, pero no es la mía
Antes de tener taller propio, Liam entró de ayudante con Earl, el cervecero más veterano de la ciudad. Un día cambió una de sus recetas sin permiso: un quince por ciento más de lúpulo. Earl la probó, lo miró y le dijo: «Está buena. Pero no es la mía. Si quieres hacer la tuya, busca un sitio.» No lo echó: le abrió la puerta. Desde entonces Liam no toca la receta de nadie sin que se lo pidan. Lo hice de frente, sin escenario: en una mochila se ve de un vistazo.







