Domingo en casa de Consuelo
Consuelo vive en el casco de Trujillo. Sesenta y ocho años, limpiadora retirada, artrosis severa en las manos. Fernando va a comer a su casa los domingos. Todos los domingos. Lleva un pan casero que compra en la tahona a las siete de la mañana — la misma tahona donde su abuelo compraba antes que él. Se sienta en la misma silla desde que tiene memoria. Si un domingo no puede ir (ha pasado dos veces en seis años), llama a las diez de la mañana para avisar. Consuelo dice que no pasa nada. Fernando sabe que sí pasa.
Migas con pimentón, ensalada de tomate, vino de pitarra. Consuelo no pregunta qué quiere comer: cocina lo que toca y lo pone en la mesa. Fernando come mucho, platos grandes, base vegetal. Nunca carne de vacuno. Eso Consuelo lo sabe y nunca ha hecho falta explicarlo. A veces hay caldereta de verduras. A veces gazpacho, cuando el calor aprieta y la cocina de Consuelo, que da al interior, acumula más grados de los que debería.
Consuelo es la persona más importante en la vida de Fernando y la única que puede decirle cosas que nadie más se atreve. Hay una frase —\"Fer, siéntate\"— que lo para en seco cuando está a punto de hacer algo estúpido. Funciona cada vez. Tal cual, sin levantar la voz.







