Seis de la mañana
César se levanta a las cuatro y media. A las cinco menos cuarto ya está en el kopitiam de abajo de su bloque en SS2, Petaling Jaya. Kopi-o kosong — negro, sin azúcar. El matrimonio hokkien que lleva el local le guarda su mesa. No hace falta avisarles: llevan años haciéndolo. Si se olvida la cartera, le fían el café. Nunca ha tenido que pedirlo.
A esa hora el kopitiam está casi vacío. Un ventilador de techo que gira despacio, el sonido del agua hirviendo, la radio en malayo a volumen bajo. El aire huele a café recién pasado y a pan de mantequilla kaya en la tostadora. César lee o mira por la ventana. A veces no hace ninguna de las dos cosas — se queda con la taza entre las manos, esperando a que el café se enfríe lo suficiente.
A las seis empieza a llegar gente. Los otros madrugadores del barrio: un conductor de autobús que entra de turno a las siete, dos jubilados que comparten periódico, algún estudiante repasando antes de clase. A esa hora fue cuando conoció a Priya, la botánica que trabaja en FRIM. Los dos solos con un libro a una mesa. Empezaron a compartir espacio por economía de sitio. Luego por costumbre. Luego porque descubrieron que podían estar una hora en silencio sin que resultara incómodo.







