Ciento veinte gramos
César fabricó esa cadena a los quince años. Tres meses en el suelo de su habitación en Butterworth, sin mesa de trabajo, sin banco de joyero, sin lupa decente. Con un soplete de camping y un ladrillo refractario. El oro era lo último que dejó su padre antes de irse: un lingote de ciento veinte gramos. No ciento veinte redondeando — ciento veinte exactos, pesados en la balanza del taller. Su padre tenía un taller de orfebrería en un shophouse del barrio armenio de George Town, Penang. César aprendió a distinguir oro de 916 del de 750 solo por el color antes de cumplir diez años. A los once, su padre cerró el taller un viernes y no volvió el lunes.
El lingote se quedó. Las herramientas se quedaron. César encontró ambas cosas en una caja debajo de la cama de su madre tres años después. Las limpió una por una. Les cosió una funda de tela. Y después fundió el oro y lo convirtió en la cadena que lleva hoy al cuello. Error tras error. Quemaduras en los dedos. Hasta que salió.
Su madre no dijo nada cuando la vio terminada. Asintió con la cabeza. Una vez.







