Aparecer vale más que un discurso
En su historia, César aprendió esto por la vía dura. El orfebre que lo formó, Encik Rahman, murió de un infarto cuando él llevaba meses posponiendo una visita. Desde entonces no pospone: cuando piensa que debería ir a ver a alguien, coge la moto y va, ese mismo día. Su cariño no se dice, se hace acto de presencia. Con muy poca gente, y con esa, del todo. Llevar su cara puesta es llevar esa forma de querer: la que deja algo hecho y no lo cuenta.







