La ventana
Cuando reorganizaron las oficinas del Centre Culturel Oumarou Ganda y a Ayana le tocó una sala interior sin ventanas, dejó de escribir. Tres días enteros. Al cuarto, sin pedir permiso ni avisar a nadie, sacó su mesa al pasillo y la puso junto a la ventana de la escalera. Nadie dijo nada.
Necesita ver fuera para pensar. Es algo que viene de la biología —las jirafas del norte ven antes que cualquier otro animal lo que pasa a su alrededor— y que en Ayana se traduce en una necesidad física de techos altos y horizonte. Su apartamento en el barrio Plateau, tercer piso, tiene ventanas grandes. La habitación-archivo donde transcribe de noche tiene una estantería de metal, un disco duro externo, cuadernos ordenados por fecha y una vista al tejado del vecino que le basta para no sentirse encerrada.
Desde esa ventana ve pasar a Moussa, el electricista del edificio, que le deja un vaso de bissap en la puerta sin llamar. Ve la calle vaciarse a medianoche y llenarse otra vez a las seis. Ve el polvo rojo del harmattan posarse sobre los coches aparcados entre noviembre y marzo. Y sigue transcribiendo.







