La costa
Cuando Otto sale a caminar por la costa de Kvaløya, lleva lo mínimo. Agua, frutos secos, el móvil encendido — un pacto que tiene con su madre desde los trece años: si lleva el móvil encendido, puede irse adonde quiera. No lleva mochila. No lleva mapa. Camina hacia Rekvik o hacia Kaldfjord sin destino fijo, a veces tres horas, a veces ocho, y vuelve cansado, mojado, con los bolsillos llenos de piedras o ramas que luego acaban en el alféizar de la ventana o en la basura.
Otto mide metro sesenta y ocho. Complexión delgada, hombros estrechos, manos pequeñas y rápidas que son sorprendentemente fuertes para su tamaño. Ocupa poco espacio pero se le nota. No por volumen: por quietud. Cuando en la planta de procesado de pescado todo el mundo se mueve — la cinta, los operarios, las cajas de poliestireno —, Otto está parado mirando algo que los demás no ven. El conductor del camión frigorífico que llega a las cinco y media le llama \"orejas\" desde que Otto le dijo que el motor sonaba raro y al día siguiente falló la correa.
El zorro ártico puede recorrer cuatro mil quinientos kilómetros en una temporada, y todo lo que lleva encima es su pelaje. Tú probablemente necesites más. Un portátil, un cuaderno, una botella de agua, una chaqueta por si acaso, las llaves que siempre acaban en el fondo. Esta mochila sirve para eso. Los bolsillos ayudan a repartir la carga y a que las cosas no se pierdan. Los tirantes se ajustan. El retrato va por fuera, visible: gorro, jersey, ojos ámbar, pelaje gris plateado. Los mismos tonos fríos con acento cálido que aparecen en todos los productos de Otto.







