Caminar sin rumbo
Cada pocas semanas, Otto desaparece un día entero. Sale de su piso en Kvaløya con agua, frutos secos y el móvil encendido, y camina por la costa norte sin destino. Hacia Rekvik, hacia Kaldfjord, hacia donde el camino le lleve. A veces tres horas. A veces ocho. Vuelve cansado, mojado, con los bolsillos llenos de piedras que no necesita y que acaban en el alféizar de la ventana. La gente de la planta de procesado de pescado donde trabaja ya no pregunta adónde fue. Al principio lo llamaban al móvil. Ahora esperan.
El zorro ártico puede recorrer cuatro mil quinientos kilómetros en una temporada. Hay una hembra documentada que cruzó de Svalbard a Canadá en setenta y seis días. Otto no llega tan lejos, pero cada primavera el impulso es más fuerte y cada otoño lo entierra con conservas, rutina y trabajo.
Ese impulso de moverse — de ir ligero, sin plan — tiene algo que ver con la ropa que uno se pone sin pensar. La camiseta que coges porque está limpia, te la pones y sales. No eliges un look: eliges lo primero que funciona. Esta camiseta es eso, pero con un retrato que se nota. Los tonos son fríos: azul marino, gris plateado, blanco. El acento de amarillo mostaza del jersey rompe la frialdad. En la calle se ve. En el transporte se ve. No pasa desapercibida, y eso puede ser exactamente lo que buscas o no — eso ya es cosa tuya.







