La estufa que la recuerda
Ikal se despierta antes de las seis cada mañana. A las seis y cinco está prendiendo la estufa de gas, calentando agua en un cazo viejo, y mirando —sin planearlo del todo— la foto enmarcada de Tlanextli que tiene puesta encima de la repisa de la estufa. En la foto la abuela está apoyada en el ahuejote del patio con las manos llenas de tierra negra de la chinampa. El marco es de madera barata. El cristal está rayado. La foto sigue siendo nítida.
El ritual matinal tiene tres partes: encender la estufa, servir la primera taza, y levantar la vista hasta la foto el tiempo que dura el primer sorbo. Ikal no reza ni se habla. Solo mira. Después deja la taza sobre la mesa, agarra las botas y sale al canal con el día todavía sin luz sobre San Gregorio Atlapulco.







