Coexistir sin hablar
Hay una gata callejera que duerme en el portal de Bruno. Lleva ahí meses, quizá más de un año. Bruno le deja comida junto a la puerta cada noche cuando vuelve de los conciertos. La gata la come. Nunca se han tocado. Bruno no intenta acariciarla, no le habla, no la llama. La gata no se acerca cuando él está. Pero cada mañana, cuando Bruno abre el portal a las once, la gata ya ha dejado el cuenco vacío y se ha ido a dormir a otro sitio.
En el primero vive un jubilado que riega las plantas del patio a las siete de la mañana. Bruno no lo conoce. Nunca han hablado. Pero oye el agua cada día a través de la ventana entreabierta del patio, y si alguna mañana no la oye, se preocupa. El jubilado no sabe que forma parte de la rutina acústica de alguien que vive dos pisos más arriba. El sonido del agua contra las macetas de barro es uno de los primeros que Bruno escucha cada día — antes que el tráfico de Cours Julien, antes que las voces de la terraza del bar de enfrente.







