El primer sonido
Bruno creció en un bloque de pisos en las afueras de Montpellier. Un tercer piso con paredes finas y un vecino arriba que había sido DJ. A los catorce años, Bruno llevaba semanas escuchando una vibración que bajaba por las tuberías y las paredes — no la canción, sino algo más difícil de nombrar. Un día subió y llamó a la puerta. El vecino le prestó unos auriculares Sennheiser HD 25 (los que usan los que pinchan en serio, no los de treinta euros del supermercado) y Bruno se los puso y escuchó la misma canción que llevaba semanas percibiendo a través del hormigón.
Era otra cosa. La distancia entre el bombo y la voz. El aire dentro de la mezcla. Desde ese día dejó de escuchar canciones y empezó a escuchar sonidos. Los auriculares siguen colgados de un clavo junto a la puerta de su piso actual. Ya no suenan bien, pero ahí siguen.
Hay algo en esa imagen que conecta con cualquiera que haya descubierto una pasión de forma inesperada. Bruno no fue a una escuela de música. No tuvo un profesor que le guiara. Tuvo un techo fino y curiosidad suficiente para subir un piso y llamar a una puerta.







