Las reglas que se puso
Benjamin pasa dos tercios del mes solo o con un compañero junior en estaciones meteorológicas dispersas por el archipiélago de las Queen Elizabeth, en el Alto Ártico canadiense. Calibra sensores, descarga datos climáticos, repara antenas, sustituye baterías. Come caribú seco y café soluble. Duerme en casetas prefabricadas con generador y calefacción mínima. A menos cuarenta y siete, sin cobertura de satélite, con un generador que puede fallar en cualquier momento.
A los veintidós, el vuelo de recogida en Isachsen se retrasó cinco días. Solo. Sin contacto las primeras cuarenta y ocho horas porque la antena estaba dañada. Reparó el generador con material improvisado. Lo que le cambió no fue el peligro: fue descubrir que la soledad total no le dolía. Eso le preocupó. Así que hizo algo práctico: estableció reglas. Llamar a su madre cada dos días. Comer con la piloto cuando volviera a Iqaluit. Ir a Igloolik por Navidad y cocinar caribú como hacía su tío Thomas.
No siempre las cumple. Pero el hecho de tenerlas le ancla. Son la estructura mínima que necesita para no dejarse tragar por el silencio del Ártico, que es cómodo pero puede ser demasiado cómodo. Un compañero le regaló una vez una camiseta roja. La dobló, la guardó y no la usó nunca. Benjamin funciona en plata, gris y blanco. El único brillo en su vida entera es la cadena y los ojos ámbar del lobo que vio a veinte metros en Eureka.







