El harmattan
Entre noviembre y marzo, el Sahel se transforma. El harmattan —un viento seco que baja del Sáhara— trae polvo rojo que se mete en todo: en la ropa, en la garganta, en las rendijas de las ventanas, en los contactos de las grabadoras. Las mañanas son frías. No frías como en Europa, pero frías para un lugar donde la mayor parte del año el termómetro no baja de treinta. En Niamey, el harmattan cambia los horarios. La gente sale más tarde. Las reuniones se alargan alrededor de fogatas improvisadas. Los ancianos cuentan historias junto al fuego porque el frío matutino obliga a acercarse.
Ayana trabaja con ese calendario. Durante el harmattan, los viajes a Kouré empiezan más tarde y las sesiones de grabación se hacen dentro de las casas, no en el patio. El polvo rojo se posa en todo y hay que limpiar la grabadora después de cada sesión. Pero es también la época en la que más historias se cuentan, porque la gente se junta alrededor del fuego y el frío da tiempo para hablar despacio.
Los ancianos de Kouré guardan las historias de las jirafas: cómo casi desaparecieron, cómo la comunidad pactó protegerlas, cómo volvieron a beber del pozo. Esas historias se transmiten en voz baja, con pausas, envueltas en humo de leña. Ayana enciende la grabadora y espera. \"Attends...\" —espera— es lo que dice cuando alguien se adelanta.







