Un sobre que cruza el Estrecho
Las cartas tardan semanas. A veces más. Nur no entiende bien por qué, pero tampoco le importa demasiado: para él, las cosas que merecen la pena tardan. Mansa le mandó arena roja del Okavango en una bolsita de plástico. Nur la abrió, la tocó con los dedos y la guardó con el resto de sus cosas debajo de la cama. Tierra roja del Okavango. Nunca había tenido nada de tan lejos.
Cuando Nur le mandó un dibujo de un pangolín, Mansa contestó con una frase: \"Pareces una piña con patas.\" Nur no entendió si era broma. Se quedó mirando la carta con el ceño fruncido. Aminah le explicó que era cariñoso — que así hablan los amigos que todavía no se conocen bien pero ya se quieren un poco. Nur respondió con otro dibujo: un elefante con la frase \"tú pareces una roca con manguera\". Mansa escribe largo. Nur escribe poco pero dibuja mucho. Las cartas van y vienen, y cada una trae algo dentro: un dibujo, una hoja seca, un hilo de colores, una piedra nueva.
La distancia entre Singapur y Botsuana — once mil trescientos kilómetros, no once mil — es una abstracción para un niño de seis años. Nur no tiene mapa en la cabeza. Lo que tiene es una idea concreta: Mansa vive lejos, más lejos que Johor Bahru, que es donde vive su madre Siti. La madre de Nur llama cada dos semanas desde el otro lado del Estrecho. A veces envía dinero. Para Nur, Siti es una voz en el teléfono y una foto en la mesilla de Aminah. Mansa, en cambio, es un sobre con arena y una letra grande.







