Olores que nadie más nota
En el colegio, Nur sabe quién se ha sentado en su sitio durante el recreo. Sabe si la cantina está preparando arroz o fideos antes de entrar. Sabe cuándo alguien ha pasado por la zona del jardín porque el olor a tierra húmeda se pega a los zapatos. Son datos que para él son evidentes y que para los demás no existen. Reconocer el mundo por el olfato se parece más a leer que a oler — captas información antes de que nadie la haya dicho.
Aminah descubrió pronto que Nur se comunica mejor con olores y tacto que con lenguaje. Le acerca la comida y Nur asiente o niega con la cabeza antes de decir nada. Le pone la mano en las escamas de la coronilla para calmarlo — la presión constante, suave, que funciona mejor que cualquier frase. Por la noche, el ritual de la crema de coco entre las escamas es lo que de verdad lo lleva al sueño: baño, crema, manos de Aminah, silencio. La piel de debajo de las escamas es sensible, se reseca con el aire acondicionado, y el olor de la crema de coco se convierte en la señal de que el día ha terminado.
Cuando Aminah no está — porque ha ido a la consulta del policlínico, porque ha bajado a hablar con la vecina —, Nur se mueve por el piso buscando su rastro. Se acerca a la silla donde suele sentarse. Se para en la cocina, donde el olor a arroz jasmine y pandan permanece incluso con las ventanas abiertas. Si alguien le preguntara cómo reconoce a su abuela, probablemente no sabría decirlo con palabras. Pero la reconoce antes de que entre por la puerta — por los pasos, sí, pero sobre todo por el olor a jabón de coco y a las especias que se le quedan en las manos después de cocinar.







