El armario del pasillo
Halmoni Soo-yeon guardaba ahí las cosas del abuelo. El casco de aviador de cuero marrón, las gafas de piloto, tres fotografías y un certificado de vuelo agrícola de la Unión Soviética con los bordes quemados por la humedad. El abuelo de Jeong, leopardo de Amur, pilotaba aviones ligeros para fumigar campos de trigo en el Lejano Oriente ruso. Doscientos metros de altitud. No fue a ninguna guerra. Fue a un campo de trigo y no volvió.
Halmoni era koryo-saram —la comunidad étnica coreana del Lejano Oriente ruso, descendientes de los deportados por Stalin en 1937— y guardaba esas cosas como se guardan las cosas que importan: en una caja, en un armario, sin decir mucho. Cuando cocinaba hablaba en coreano. Le enseñó a Jeong a hacer kimchi antes que a leer el cirílico, a caminar por el bosque sin hacer ruido, a cortar leña sin desperdiciar, a oler el viento antes de elegir sendero.
Una tarde de verano, cuando Jeong tenía siete años, caminaban por el bosque cerca del pueblo y la abuela se detuvo. Huellas frescas en la nieve. Leopardo. Grandes, hundidas, con los bordes todavía nítidos. Le hizo agacharse y seguir el rastro con los ojos hasta donde se perdía entre los abedules. No vieron al animal. Pero Jeong no ha olvidado la sensación de saber que algo enorme, silencioso y más inteligente que tú está a quince metros mirándote.







