Ocho minutos
Fueron suficientes. A partir de ese día, Jeong supo que quería volar cosas. El qué y el para qué vinieron después — primero los drones de carrera que montaba con componentes cada vez mejores comprados con el dinero de arreglar bicicletas en el barrio, después el curso de pilotaje profesional a los diecisiete, y finalmente el puesto de piloto de drones de vigilancia ambiental en el Parque Nacional Tierra del Leopardo, a tres horas de Vladivostok, donde lleva tres años rastreando fauna desde el aire.
Pero esos ocho minutos en el tejado son el origen de todo. Un chaval de catorce años, una pantalla rota con un tutorial en inglés que apenas entendía, un amigo que no hacía preguntas y sujetaba lo que hiciera falta, y un aparato que no debería haber volado pero que voló. A veces lo mejor que puedes hacer a esa edad es intentarlo antes de estar preparado, romperlo, cortarte un poco y volver a montarlo al día siguiente.
Kolya y Jeong compartían eso: el instituto les daba igual en lo social — ninguno de los dos tenía grupo—, pero les interesaba todo lo que se pudiera desarmar y volver a montar. El tejado del bloque era su taller, su pista de pruebas y su sitio para estar callados mirando el puerto mientras los cargueros se alejaban.







