Huellas grandes
Lo que le quedó de aquella tarde no fue miedo. Fue curiosidad. Jeong se pasó el resto del verano buscando huellas en los caminos del pueblo: ciervos, zorros, mapaches, algo que parecía un tejón pero que la abuela identificó como un perro mapache. Dibujaba las marcas en un cuaderno con lápiz y las comparaba con un libro de fauna que Halmoni tenía en la estantería del pasillo, un manual soviético con ilustraciones en blanco y negro y páginas que olían a armario. Algunas las acertaba. Otras se las inventaba un poco, y la abuela le corregía sin reírse.
Hoy tiene veintiún años y pilota drones de vigilancia ambiental para el Parque Nacional Tierra del Leopardo. Reconoce leopardos individuales por el patrón de sus rosetas —cada animal tiene un dibujo de manchas único, como huellas dactilares— y los anota en una libreta a mano, sin software, con un lápiz que tiene que calentar entre los dedos cada dos minutos para que no se rompa la punta con el frío. Pero todo empezó con aquellas huellas en la nieve y una abuela que sabía cuándo había que detenerse y cuándo había que agacharse.
Su amigo [Benjamin](https://www.yagopartal.com/es/benjamin-lobo-artico/), lobo ártico, vive a diez mil kilómetros de distancia, en el Ártico canadiense. Se conocieron en un foro de monitorización ambiental y se escriben cada dos semanas: Benjamin manda audios largos sobre el clima en Iqaluit, y Jeong responde con tres frases y una foto de campo. Diez mil kilómetros de diferencia y la misma forma de trabajar: solo, al frío, mirando lo que otros no ven.







