Tres horas de ida
Esas tres horas de trayecto marcaron cómo funciona Jeong hoy. La costumbre de cargar con lo necesario, ir donde hace falta, volver sin quejarse. A los veintiún años sigue con la misma lógica: mochila con el dron, el termo de café, la libreta de campo y un lápiz que tiene que calentar entre los dedos para que no se rompa la punta. Sale a las seis menos cuarto de la mañana, cuatro kilómetros andando hasta el claro donde despega el dron, menos veinticuatro grados. Lo que lleva encima tiene que aguantar.
El retrato lo muestra con el casco de aviador del abuelo — cuero marrón, gafas de piloto encima, remiendos visibles en el cuero, desgaste de décadas. El abuelo pilotaba aviones agrícolas ligeros para fumigar campos en el Lejano Oriente ruso. Jeong heredó el casco a los dieciséis, cuando la abuela murió. Ahora vuela drones de vigilancia ambiental para el programa de monitorización de fauna del Parque Nacional Tierra del Leopardo. Otro tipo de vuelo, el mismo casco. La chaqueta de borreguillo — cuero negro, forro blanco — fue la primera compra que hizo con su primer sueldo del parque. Debajo, el jersey azul aciano que su abuela le regaló y del que tiene tres iguales. La mirada es directa, sin gesto, de alguien que lleva años prestando atención a cosas que la mayoría pasa de largo.
En la [biografía de Jeong](https://www.yagopartal.com/es/jeong-leopardo-de-amur/) está la historia completa — los ciento treinta leopardos de Amur que quedan en libertad, la trampa de acero que encontró con diecinueve años, el pueblo que le llama Fantasma sin que él lo pidiera.







