Las ocho de la noche
A las seis de la tarde, Otto cena. A las siete enciende la radio portátil — NRK P1 para informativos, P2 cuando hay música clásica o un documental — y la deja al volumen mínimo. A las ocho se sienta junto a la ventana del salón. La ventana está abierta. Sí, en marzo. Sí, en Tromsø. Sí, a quince bajo cero. Y escucha. El viento en la fachada del edificio de madera de los años setenta. El mar al fondo de Kvaløya. Los pasos del vecino de arriba, que a esa hora ya está acostándose. A veces un coche en la carretera. A veces nada.
Una taza de café entre las manos. Solo. Siempre solo. A esa hora ya ha trabajado ocho horas en una cámara frigorífica clasificando pescado, ha bajado al sótano a comprobar el almacén de semillas, ha caminado un rato si le tocaba día de impulso, y ha preparado la cena con lo que dejó listo la noche anterior. El café no es para despertarse: es para tener algo caliente entre las manos mientras el cuerpo se va apagando. El zorro ártico duerme envolviendo cara y patas con su propia cola. Otto se mete en la cama a las nueve, se tapa hasta la cabeza con una manta de lana gris que tiene desde Hammerfest, y se abraza las rodillas.
La ventana abierta de noche es su versión de lo que otros consiguen meditando, corriendo o mirando el móvil. No es disciplina. Es necesidad. El oído hipersensible que le permite detectar una cinta transportadora a punto de fallar también necesita eso: un rato de sonidos que no exigen nada. El mar no exige. El viento tampoco.







