Cuarenta tarros con fecha
En la cocina de Liam hay entre cuarenta y cincuenta tarros de conservas en los estantes abiertos. Cada uno tiene una etiqueta escrita a mano con fecha, origen y contenido. Mermelada de sourwood del otoño pasado. Encurtidos de hace dos veranos. Compota de bayas de temporada. Cada tarro con su historia y su fecha. Nunca los abre.
No se han olvidado. Están ahí, ordenados, con sus fechas legibles, y Liam los mira de vez en cuando como quien repasa una colección que no piensa usar. El acto de conservar le importa más que el de consumir. La mermelada de sourwood sigue perfecta, el cierre hermético funciona, la fecha dice 14 de octubre. Podría abrirla mañana. No lo va a hacer.
Algo parecido pasa con las recetas que anota en su cuaderno, con las cervezas que guarda para los meses fríos, con los audios que a veces reescucha dos o tres veces antes de responder. Liam guarda las cosas que le importan. Las ordena. Las etiqueta. Y luego no las toca, como si el orden fuese suficiente.







