Veinticinco kilos de malta
Liam trabajó tres años en Highland Brewing, la cervecería más antigua de Asheville. Su jefe se llamaba Earl. Hablaba poco. Le enseñó lo que se enseña sin discursos: que la cerveza no perdona las prisas y que el ego no mejora el lúpulo. Liam hacía lo que le tocaba. Limpiaba tanques, movía sacos de malta de veinticinco kilos, controlaba temperaturas. Y observaba.
Tres años haciendo el trabajo de otro antes de hacer el propio. La mayoría de la gente necesita mucho menos tiempo para convencerse de que ya sabe lo suficiente. Liam necesitó tres temporadas completas — tres otoños de producción máxima, tres inviernos lentos, tres primaveras empezando desde cero — para considerar que había visto bastante.







