Huellas que no se cruzan
Los domingos, César coge la Honda CG125 — segunda mano, negra, óxido en el escape — y va a FRIM, el Forest Research Institute Malaysia. Está a veinte minutos en moto de su barrio. El bosque tropical que empieza donde termina la periferia de Kuala Lumpur: senderos entre dipterocarpáceas gigantes, helechos arborescentes, cigarras que no paran ni con lluvia.
Una vez encontró huellas de leopardo frescas en el barro del sendero. Huellas traseras, garras retráctiles no visibles, almohadilla trilobular. Un leopardo melanístico había pasado por ahí horas antes. César se agachó, miró las huellas durante diez minutos. No sacó foto. Se quedó quieto, escuchando. El bosque estaba en silencio — señal de que el animal no andaba lejos.
Volvió la semana siguiente. Y la siguiente. Nunca lo ha visto. Pero cada vez, huellas frescas en sitios distintos.







