La calma del toro
Lo del mal genio es más complicado de lo que parece. Fernando ha perdido el control exactamente dos veces en su vida, las dos por presenciar maltrato animal.
A los veintidós, un vecino borracho pegaba a un perro atado a una farola. Fernando cruzó la calle sin pensar, arrancó la cuerda de un tirón y le dijo algo que nadie en el pueblo ha repetido desde entonces. El perro durmió en su taller tres meses, hasta que encontró a alguien que se lo quedara. Lo que nadie vio fue lo que pasó después de la escena: Fernando temblando en la fragua media hora, mirándose las manos, asustado de lo que acababa de sentir. Esa reactividad explosiva — la que conoce bien por dentro, la que comparte con los toros que pastan en la dehesa que rodea su taller — le asustó lo suficiente como para jurar que no volvería a pasar.
Y ha cumplido. Pero la tensión entre lo que puede hacer y lo que elige no hacer está ahí. Cada día.







