Fuego y metal
Fernando trabaja en una nave de piedra rehabilitada a tres kilómetros de Trujillo. Fue cuadra de finca ganadera, después fue fragua, y ahora es taller, vivienda y el lugar donde pasa el noventa por ciento de su vida. El yunque de la nave pesa ciento veinte kilos y lleva marcas de tres generaciones: la de su abuelo Eustaquio, la del propio Fernando desde los quince, y las que empieza a dejar cualquier pieza nueva que pasa por encima.
La fragua era de Eustaquio. Fernando empezó a ir solo después de perderlo, a terminar las piezas que habían quedado a medio hacer. Sabía dónde estaba el martillo y cómo calentar el hierro a la temperatura justa para que doblara sin romperse. A los dieciocho abrió taller con las herramientas del abuelo. Su primer encargo serio llegó a los veinte: dos cancelas de cuatro metros con motivos de encina para una finca rehabilitada por un arquitecto que lo encontró porque un ganadero local dijo una frase que todavía funciona como referencia.
Cada pieza sale de un boceto a lápiz en papel de estraza. Dibuja tres versiones antes de encender la fragua. \"Ya te digo\" es lo que responde cuando le preguntan cuándo estará listo. Puede tardar dos días en enviar un presupuesto, porque necesita pensar. Las decisiones las toma despacio.







