Los sábados de Adrián
Adrián tiene dieciséis años, vive en Trujillo y ha empezado a aparecer por el taller los sábados por la mañana. Fernando no le ha dicho que puede venir ni que no puede. Lo deja entrar, lo deja mirar. A veces le pasa el fuelle. No le explica lo que hace mientras lo hace, porque así le enseñaron a él: mirando, no escuchando.
Adrián ha dejado los estudios. En eso se parece a Fernando a los quince. Fernando lo sabe, porque Trujillo tiene nueve mil habitantes y las cosas se saben sin que nadie te las cuente. No le ha preguntado por qué lo dejó. No le ha sugerido que vuelva. No le ha dicho que la vida sin estudios es más difícil — eso sería hipócrita viniendo de alguien que hizo exactamente lo mismo.
Lo que Fernando no sabe es si está viendo un reflejo de sí mismo o si está proyectando algo que no se atreve a nombrar. El abuelo Eustaquio le enseñó a él sin pedirle nada: le ponía las herramientas delante y dejaba que el hierro hablara. Fernando hace lo mismo con Adrián, sin haberlo decidido de forma consciente. Le deja mirar. Le deja tocar una pieza fría. Si el chaval hace una pregunta, contesta con tres palabras y sigue trabajando.







