Acuerdo nocturno
En el bloque de pisos de los años setenta donde vive César, en SS2, Petaling Jaya, hay una gata calicó que aparece cada noche a las diez en la escalera. César baja, le deja comida en un plato de aluminio y se queda de pie mientras ella come. No la deja entrar al piso. Ella no insiste. Acuerdo territorial que funciona desde hace años sin que nadie lo haya negociado en voz alta.
La gata no es suya. Ni siquiera es de nadie: es del bloque. Pero César es el único que la alimenta a una hora fija, todos los días, con la regularidad de alguien que sabe que los acuerdos se sostienen con rutina. No con palabras. Si sale tarde del taller — porque un engaste no le ha salido a la primera, porque un cliente ha cambiado de opinión sobre un anillo a medio hacer —, la gata espera. Cuando César llega a la escalera, ella ya está sentada en el tercer peldaño. Se miran. Él deja el plato. Ella come. Él sube.
No hay nada espectacular en esa escena. Solo constancia. La misma constancia que tiene el vecino del 7C — un jubilado chino que riega las plantas del pasillo cuando César viaja a ver a su madre en Butterworth y que a cambio recibe sus anillos de boda arreglados gratis cada vez que un engaste se suelta. La misma del matrimonio hokkien del kopitiam de abajo, que le guarda su mesa todas las mañanas a las seis y le fía el café cuando se olvida la cartera. O la de la señora del puesto de nasi campur de la esquina, que le pone extra sambal sin que se lo pida porque sabe que le gusta picante y porque lleva años viéndole aparecer a la misma hora.







