Los cuadernos de Dosso
Ayana creció en Dosso, una ciudad en el sur de Níger. Su abuela Haoua vivía con la familia y cada noche contaba historias en el patio. No inventaba nada. Contaba cosas que habían pasado de verdad: la sequía, las jirafas que desaparecieron y luego volvieron, la gente que se fue del barrio y la que se quedó. Los primos jugaban. Ayana escuchaba.
A los once años empezó a apuntarlas. En cuadernos Clairefontaine —de los que tienen cuadrícula pequeña y tapa dura— que todavía guarda. No se lo pidió nadie. No era un deber del cole. Era algo que le salía: sentarse, escuchar, escribir lo que había oído. Las letras eran grandes, la ortografía en zarma no siempre era perfecta, pero el impulso estaba ahí. Guardar las cosas para que no se pierdan.
Cuando Haoua murió, Ayana tenía doce años. Le dejó unos pendientes de gota con piedra roja. Los cuadernos pasaron de pasatiempo a algo más serio. Algo que no tenía nombre todavía, pero que tiraba.







