Lo que cabe
En la entrada del semisótano de Alek, en Vesturbær, hay tres pares de guantes de trabajo. Tres grosores distintos. Los finos para electricidad, los medianos para cascos de fibra de vidrio, los gruesos para soldadura. Cada mañana elige el par que toca según lo que haya pendiente en el taller. Si no sabe qué le espera, se lleva dos. Debajo de la mesa de la cocina hay una caja de herramientas Teng Tools con lo que no deja en el taller: un juego de llaves de vaso, destornilladores de precisión y un multímetro que limpia cada domingo con un trapo seco.
El termo de acero está en la encimera. Alek lo llena de café negro antes de las siete, cada mañana, y se lo lleva al taller. En Islandia el café no es accesorio: es segundo consumo per cápita del mundo. Alek bebe cinco o seis tazas al día. El termo vuelve vacío a mediodía. A veces antes.
Y el sándwich. Lo prepara la noche anterior: pan de centeno, cordero frío o queso, sin más. Lo come sentado en el muelle de Grandi mirando los cruceros que maniobran en el puerto nuevo, o apoyado en el bolardo ancho de la esquina norte del muelle 4, que es su sitio desde hace años aunque nadie se lo haya asignado. En julio, con el sol que no se pone y los turistas paseando con helados por las galerías reconvertidas, come rápido y vuelve al taller. En enero, con cuatro horas de luz y el muelle vacío, come despacio.







