Bayas antes que letras
Liam se crio en la zona donde Carolina del Norte se pierde en Tennessee y los límites del condado importan menos que la dirección del viento. Su madre cubría turnos dobles en un restaurante de carretera, y mientras tanto él se metía por los senderos del monte: arroyos que se cruzaban saltando entre piedras, troncos caídos que servían de puente, zarzales de verano donde las moras maduraban antes de julio.
Sabía por el olor si una baya era dulce o amarga. El oso negro americano huele lo que otros ni perciben, y en Liam eso se nota en algo muy concreto: no necesita probar para saber si algo está bien. Le basta con acercarse.
Lo que le enseñó el bosque fue una forma de prestar atención que no tiene nada que ver con sentarse quieto en una silla. Huele el suelo, levanta una piedra, mira qué hay debajo y decide si le interesa o no. Eso hacen los niños que crecen con espacio: tocan, prueban, se equivocan y vuelven.







