Menos veinticuatro
Jeong, leopardo de Amur, saca el dron de la funda cuando todavía falta media hora para que el cielo se aclare. La batería ha pasado la noche dentro del saco de dormir porque por debajo de cinco grados deja de funcionar. Comprueba la carga tres veces seguidas —lo hizo anoche, lo hace ahora, lo hará mañana— y el dron despega desde un claro entre cedros mientras él se queda de pie con el mando y la pantalla térmica, el termo de café entre los pies y el casco de aviador bien calado hasta las orejas.
El aire huele a resina de cedro y a nieve pisada. Los árboles no hacen ruido. Él tampoco.
Tiene veintiún años. Lleva tres pilotando drones de vigilancia ambiental para el programa de monitorización del Parque Nacional Tierra del Leopardo. Empezó a los dieciocho, después de un curso de pilotaje que hizo a los diecisiete con la idea de que volar cosas podía servir para algo más que estrellarlas contra antenas. Las rutas de vuelo que diseñó tras encontrar su primera trampa furtiva —un lazo de acero en un sendero de fauna, sangre fresca en el metal, a los diecinueve— acabaron convirtiéndose en protocolo del equipo. Nadie le dio crédito oficial. Los guardabosques veteranos saben de quién son. Le llaman Fantasma, porque aparece y desaparece sin avisar y la gente se sobresalta cuando se gira y se da cuenta de que lleva cinco minutos sentado en la mesa de al lado.







