Capa para el alba
Esta sudadera unisex de Ikal se diseñó pensando en el momento en el que empieza el día para él, no en el momento en el que se enseña. Xochimilco está a dos mil doscientos cuarenta metros sobre el nivel del mar, y a las seis y cinco de la mañana, entre los ahuejotes que bordean la chinampa, el aire tiene ese filo seco del Valle de México que no sale en ninguna postal turística. La sudadera aparece ahí. Debajo, una camisa de franela; encima, una chaqueta vaquera si hace falta. Tres capas que responden al clima de altura del centro de México, no al calor que los folletos prometen del Distrito Federal.
Ikal se la pone antes de bajar al canal. Lo hace sin pensarlo, del mismo modo que coge las botas de goma y el machete de mango de madera. La sudadera es la decisión que resuelve el alba sin aparatosidad. Bueno, sin aparatosidad — con una manga que a veces se le engancha en la cuerda y hay que desenganchar.







