Antes del amanecer
Lowanna llega a Fisherman Bay cuando todavía está oscuro. No hay nadie en la playa. La arena está fría y la espuma se mueve despacio, sin viento. Lo primero que hace es dejar las cosas en la torre —botiquín en la encimera, no en el armario, donde no sirve para nada cuando alguien llega con un corte a las once de la noche— y cambiarse. Después entra al agua.
Un calentamiento, ochocientos metros en mar abierto, ida y vuelta, antes de las seis y media. La bahía a esa hora huele a sal y a alga mojada, a piedra fría, a nada humano. No a crema solar ni a turista. Lowanna nada con un ritmo que no varía: brazada larga, respiración cada tres, giro en el mismo punto de siempre. Lleva años haciéndolo. Si se lo salta, el día se tuerce. Las manos le tiemblan un poco más después de un rescate difícil. Los hombros se le cargan antes de la hora de comer. La cabeza no para.
Ese nado matutino es lo que mantiene todo en su sitio. Ochocientos metros. Ochocientos metros de movimiento constante para una persona que necesita nadar igual que necesita respirar —porque si se para, algo se cierra—. Fisiología encarnada en hábito, sin más: su metabolismo funciona alto, come mucho y con frecuencia, sueño ligero y fragmentado en dos bloques. El cuerpo le pide movimiento o le cobra la factura en ansiedad.







