Diez años, primer gancho
La primera pieza que Fernando forjó solo fue un gancho para colgar jamones. Tenía diez años. Le llevó cuatro días y siete intentos. Su abuelo Eustaquio se quedó mirando sin corregirle ni una sola vez — se limitó a observar. El gancho no es bonito. Tiene una curva irregular y una marca donde el hierro cedió un poco más de lo que debía. Pero aguanta un jamón de ocho kilos sin problema. Y sigue en la cocina de su madre, Consuelo, veintiséis años después.
Eustaquio no enseñaba explicando. Enseñaba dejando hacer. Le ponía las herramientas delante, encendía la fragua y se sentaba cerca. Si Fernando la liaba con la temperatura o golpeaba el hierro a destiempo, no decía nada. Esperaba a que se diera cuenta solo. Y Fernando se daba cuenta, porque la pieza le salía torcida o se rompía o no encajaba donde tenía que encajar.
La fragua era el aula. Un espacio con yunque, carbón y un porche con vista a la dehesa donde las encinas marcan el horizonte. Fernando pasó ahí la mayor parte de su infancia, entre la casa de Trujillo y la nave del abuelo, aprendiendo a calentar hierro, a doblar sin romper, a respetar el material.







