Dehesa adentro
El taller de Fernando está a tres kilómetros de Trujillo, al borde de la dehesa. La dehesa empieza donde termina el camino: encinas al alcance de la mano cuando sales por la puerta. Encinas dispersas, pastizal que amarillea en agosto, muretes de piedra seca, abrevaderos de granito que llevan ahí más tiempo que cualquier vecino. El olor a romero silvestre crece en la puerta del taller. Y cuando la presión sube —porque sube—, Fernando se calza las botas y camina ocho o diez kilómetros hacia la Sierra de Santa Cruz sin teléfono y sin destino fijo.
Hay una encina concreta a cuatro kilómetros del taller. Tiene el tronco hueco. Fernando se sienta ahí desde los ocho años. Nadie más sabe de ese sitio, salvo una persona. El hueco es lo bastante grande para sentarse con la espalda apoyada contra la madera. No hace nada especial: se queda quieto hasta que algo que estaba apretado se afloja.
La dehesa de Extremadura es un ecosistema donde las encinas crecen separadas, el ganado pasta en extensiones que se miden en hectáreas y el silencio tiene una textura concreta: cigarras en verano, viento entre ramas secas en invierno, algún cencerro lejano. Aquí viven linces, águilas imperiales, toros de pelaje negro que Fernando observa cuando pasea. Siempre a distancia.







