Techos altos, ideas largas
Esos techos dan algo que los metros cuadrados no pueden dar: aire. Bruno lo necesita. Por debajo de doce grados su cuerpo se ralentiza — pierde concentración, se vuelve torpe con los dedos — así que la calefacción está siempre a veinticuatro grados y el espacio vertical ayuda a que el calor circule. Cuando está sentado en el balcón con la chaqueta verde lima, los vecinos no le distinguen del follaje. Dentro del piso, la verticalidad es parte de cómo organiza su vida. Los cables cuelgan ordenados de ganchos en la pared. La grabadora descansa en una repisa alta. El mapa de Marsella con puntos rojos de grabación está pegado con cinta en la pared del baño, a la altura de los ojos de alguien de metro setenta y ocho que está de pie.
La mantis religiosa es un animal que ocupa el espacio en vertical: se posa sobre ramas, tallos, superficies altas. Bruno ha reproducido esa lógica sin pensarlo. Su cuerpo es ectomorfo, extremidades largas, hombros estrechos. Cuando se queda de pie junto a la mesa de mezclas en una sala, su silueta parece más alta de lo que es. Los domingos no trabaja y se queda en ese estudio cocinando algo lento — tajín, ratatouille, platos que llevan más de una hora de fuego — mientras lee sobre acústica o sobre insectos. Su otro tema desde niño. Ha aprendido a habitar el tiempo muerto igual que habita el espacio reducido: sin prisa, con las manos ocupadas.







